Mucho más grande
es el universo que brilla
que la nube que momentáneamente
te lo oculta
E. J. Malinowski
Mucho más grande
es el universo que brilla
que la nube que momentáneamente
te lo oculta
E. J. Malinowski
A veces viajo en el tiempo. Y unos viajes que ni Michael J. Fox en Regreso al futuro. Todas las mañanas al despertar sucede lo mismo. en la delgada línea que separa el reino de los sueños con la realidad debato, en mi ser, qué hacer.
Desorientado, oyes cómo las trompetas del averno suenan incesantes, sin piedad alguna. Mis oídos resentidos mandan órdenes inmediatas al cerebro para que se interrumpa esa tortura diga de las más perversas mentes y, casi por obligación, mis párpados se despegan. Arduo trabajo éste. Dos fuerzas invisibles, como si de la lucha entre el bien o el mal se tratase, lidian contra ellos, con que terminen separándose y me permitan formar parte, un día más, de la realidad. La cruda realidad que drirían algunos. Al final lo consiguen.
Todo se torna borroso, oscurso, pero logras realizar la tarea que te encomendaron dos de tus sentidos: apagar el despertador. Por fin, todo vuelve a estar en calma y logras reincorporarte. O mejor dicho, desincorporarte.

Ahora la batalla se libra en tu interior. El ejércitode la responsabilidad, que lleva como bandera la puntualidad, te invita a salir de esa bioesfera, ese micro habitáculo que has creado entre las sábanas sin darte cuenta durante ocho, nueve o incluso diez horas (los más afortunados).
Es en este momento cuando una voz interior, la otra protagonista de la cruzada, grita llena de rabia e impotencia un rogatorio que dice: “Uhmm, sólo cinco minutos más”. Todos tenemos una voz interior, y dependiendo de la persona dice una cosa y otra ante diferentes situaciones. Pero, en este caso, suenan como un coro gregoriano, como si de una sola voz se tratase. “Uhmm, sólo cinco minutos más”. He ahí las palabras clave.
La voz interior obtiene la victoria en la decisiva contienda y es entonces cuando sucede. ¿Cómo? Todavía no hay solución a esta pregunta. Pero suceder, sucede. Tus párpados, cansados de mantenerse actuvos durante esos segundos de indecisió, vuelven a su estado natural y se cierran. ¿Qué ocurre? Para esto sí hay respuesta. Minutos de placer indescriptible, tiempo en el que sufres traslaciones a paraísos terrenales, en el que vives historias de amor, desamor, indiferencia, trascendentales, amistosas, cobardes, honradas, osadas, terroríficas, inmorales, aventureras, melancólicas, reflexivas, anheladas, indeseadas… ficticias al fin y al cabo. El mundo que a Dios le costó crear en una semana, tú lo creas en cinco minutos de inconsciencia. O subconsciencia.
Pero, tarde o temprano, vuelven a despojarte de los brazos de Morfeo. En lo que tú piensas que ha sido un parpadeo, un leve movimiento que apenas puede durar una milésima de segundo, han pasado decenas de minutos e, incluso, horas. Sí, has viajado en el tiempo.
Mientras en el Gobierno de España se hacían cambios, la sociedad española (y mundial) sufría una gran pérdida. Otra grande de los 70 nos abandonó. Hoy el minuto de silencio va para Mari Trini.
Título: Easy rider, buscando mi destino
Título original: Easy Rider (1969)
Género: Drama
Dirección: Dennis Hopper
Producción: Peter Fonda, Bert Schneider
Guión: Peter fonda, Dennis Hopper, Terry Southern
Música: Hoyt Axton, Mars Bonfire, Jimi Hendrix, Roger McGuinn, John Keene, Robbie Robertson
Fotografía: László Kovács
Duración: 94 minutos
Intérpretes: Peter Fonda, Dennis Hopper, Jack Nicholson, Antonio Mendoza, Phil Spector, Mac Mashourian, Warren Finnerty, Tita Colorado, Luke Askew, Luana Anders, Sabrina Scharf, Robert Walker Jr., Sandy Wyeth
El actor Dennis Lee Hopper cambió de posición ante las cámaras y saltó a la fama dirigiendo, en 1969, su gran éxito Easy Rider.
Hasta el momento, Hopper sólo había tenido contacto con el cine en calidad de actor. De esta manera, se le puede ver en filmes como Apocalipsis Now (1979), de Francis Ford Coppola, hasta Blue Velvet (1986), de David Lynch, pasando por otras de menor prestigio (por así decirlo) como Super Mario Bros (1993), de Annabel Jankel Rocky Morton.
Contra todo pronóstico, y ante el asombro de muchos escépticos, Easy Rider obtuvo no sólo el clamor del público, sino también el reconocimiento por parte de la Academia llegando a ser candidato por el Oscar al Mejor Guión Original y alzándose con el premio a la mejor Ópera Prima en el festival de Cannes el mismo año de su estreno.
El argumento de esta obra versa sobre el viaje que realizan dos jóvenes, de pelo largo y estética inusual, desde Los Ángeles hasta Nueva Orleans con el fin de poder asistir al carnaval Mardi Gras. Lo hacen en dos míticas Harley Davidson que sirven no sólo de mero vehículo, sino también de símbolo de rebeldía y libertad personal. Durante su trayecto se toparán con personajes que irán describiendo la sociedad norteamericana de finales de los sesenta y principios de los setenta. Un viaje marcado, y guiado, por las drogas y la experimentación que llevarán a los protagonistas a estados extremos presentando la realidad de una situación común en la época.
No es una película que destaque por su creatividad, originalidad o buen uso del montaje. Aunque en la actualidad pueda parecer visualmente sencilla, en su tiempo causó un gran impacto que trascendió en cineastas de generaciones posteriores. Además, goza de características innovadoras como las transiciones a través de contraplanos de diferentes escenas mientras el sonido de la imagen anterior sigue presente, cosa que, a priori, puede llegar a perturbar al espectador. Tampoco posee diálogos elaborados que redunden en explicaciones controvertidas acerca de su filosofía de vida. Pero si hubiera que destacar un diálogo, sería, a mi modo de ver, la conversación entre el alcohólico abogado, George Hanson (Jack Nicholson), y Billy que presenta la esencia de la mentalidad de los protagonistas, y de la película en general, no sólo por el texto sino también por la situación de consumo en la que se encuentran:
George Hanson.- No les dais miedo vosotros, les da miedo lo que representáis para ellos.
Billy.- ¿Ah, si? lo que representamos para ellos es que necesitamos un corte de pelo.
George Hanson.- No, no. Lo que representáis para ellos es la libertad.
Billy.- ¿Y qué tiene de malo la libertad? todo el mundo la quiere.
George Hanson.- Sí, desde luego. Todo el mundo quiere ser libre, sí. Pero una cosa es hablar de ello y otra muy diferente es serlo (…).

Sin embargo, algo que sí sobresale y marca el ritmo a la vez que simboliza es la, en mi opinión, muy bien escogida banda sonora. Música rock con temas de Jimi Hendryx o The Band, entre otros, ambientan el film dándole ese punto rebelde, desobediente y descarado que una película contracultural como ésta debe tener. Melodías que acompañan a los protagonistas en su largo viaje a través de las interminables y míticas carreteras estadounidenses que sirven, asimismo, de metáfora visual de esa libertad que encarnan Fonda y Hopper.
Si en cuestión de guión destacábamos ese diálogo entre Hanson y Billy, en lo referente a escenas clave podríamos mencionar el momento en el que los dos protagonistas acompañados de prostitutas emprenden un viaje psicodélico en un escenario tan característico como lo es un cementerio. Cuestiones que hasta la fecha eran tratadas con más delicadeza que naturalidad, como el sexo o el LSD, tienen aquí su máxima expresión reproducida en pantalla grande. Cosas como ésta son las que hacen de esta película un hito en la historia del cine.
Se trata de una road movie que refleja la epopeya de unos protagonistas que irán encontrando en su camino una serie de, hasta cierto punto, atípicos personajes con los que compartirán desde una variada carta de estupefacientes hasta incómodos insultos que culminarán en el más absoluto crimen.
En una época en la que las películas de serie B, S y Z triunfaban entre los populares y multitudinarios autocines, Hopper aprovechó para hacer este film que plasma a la perfección la demanda patente de esa generación. Jóvenes talentos dirigían obras de bajo presupuesto en las que predominaban la temática de los motoristas, las drogas o el terror de mala calidad.
Como arte que es, el cine no es sino el representante de una sociedad en un momento determinado de la historia. Easy Rider es el mejor ejemplo de ello ya que en los años setenta se produce una nueva ruptura en la concepción del cine. Ya no valían las producciones clásicas con final feliz y perfectamente elaboradas. Ahora el público quería algo nuevo, algo que rompiese. Es el reflejo de la precedente época hippie que alberga su máximo exponente en mayo del 68. Ésta ejerció una gran influencia en ese nuevo cine que se gesta en los setenta. Se puede observar esa búsqueda de la libertad, ese viaje en busca de uno mismo, la oposición a todo lo que venga impuesto por la sociedad, exploración de nuevos mundos a través de las drogas… el cine clásico había quedado desbancado por estas producciones transgresoras de bajo presupuesto y los directores más atrevidos realizaban películas que marcarán hitos y pasarán a formar parte del tan manido “cine de culto”.
Una película que importa más por la trascendencia cultural que supuso que por el uso de los recursos audiovisuales. Sin duda, es la representación de esa parte del ser humano que ansía la libertad absoluta (aunque luego, como dice Hanson, le dé miedo), que quiere descubrir nuevas sensaciones, que aspira a vivir con tan sólo la limitación del libre albedrío, que desea probar y experimentar con nuevas sustancias… Es la plasmación de la parte políticamente incorrecta que todos llevamos dentro. Quizá por ello tuvo tanto éxito, porque en algún momento de nuestra vida todos hemos querido (o queremos) ser, hasta cierto punto, Billy o Wyatt.
Hoy guardamos un minuto de silencio y música por… Nino Bravo, uno de los más grandes cantantes que tuvo España.
Título: El Ángel Exterminador (1962)
Dirección: Luis Buñuel
Producción: Gustavo Alatriste
Guión: Luis Buñuel y Luis Alcoriza
Género: Drama surrealista
Duración: 93 min.
Fotografía: Gabriel Figueroa
Escenografía: Jesús Bracho
Vestuario: Georgette Somohano
Edición: Carlos Savage y Luis Buñuel (sin crédito)
Sonido: José B. Carles
Música: Raúl Lavista; extractos de Scarlati, Beethoven, Chopin y Paradisi; cantos gregorianos
Reparto: Silvia Pinal, Enrique Rambal, Claudio Brook, José Baviera, Augusto Benedico, Luis Beristáin, Antonio Bravo, Jacqueline Andere, César del Campo, Rosa Elena Durgel
El director aragonés Luis Buñuel presentó en 1962, ya dentro del periodo mexicano de su filmografía, El ángel exterminador. Considerado, dentro del cine de vanguardia, uno de los directores surrealistas por excelencia, Buñuel ofrece al espectador un film aparentemente sencillo que oculta la complejidad humana y la pone de manifiesto a través de situaciones ilógicamente extremas.
Como otras tantas anteriores (véase la más reciente a ésta, Viridiana, o el, ya clásico, Un perro Andaluz) esta película no dejó indiferente al público y por ello se hizo, el mismo año de su estreno, con del Premio Fipresci de la Asociación de Escritores de Cine y Tv en Cannes o el de Mejor película del año, en 1964, otorgado por la Asociación de Críticos de Cine de Londres, entre otros.
La trama versa sobre el reencuentro de un grupo de burgueses que tras una noche en la ópera acuden a cenar a la residencia de uno de ellos. Inconscientemente y sin argumentación alguna, los criados se ven en la necesidad de abandonar la casa. Una vez acomodados en el salón, los invitados se van dando cuenta poco a poco de que nadie puede abandonar esa estancia. El reducido habitáculo se convertirá, de esta manera, en el único escenario de la evolución personal de los personajes que irán dejando a un lado el protocolo para dar paso a los comportamientos primarios del ser humano y, por lo tanto, al instinto de supervivencia.
En lo que respecta a cuestiones más técnicas como la fotografía o la banda sonora, está patente una sencillez que no resta majestuosidad al largometraje. Una fotografía sobria, aunque rica en matices y elegante; planos que van desde los generales para situar al espectador, hasta primeros planos que nos acercan a los personajes, a través de los cuales vemos sus emociones. Se debe destacar la repetición de algunos planos que, en un principio, muchos consideran un error pero que el propio Buñuel puso a idea siguiendo ese juego de innovación y ruptura del cine común que se hacía por entonces.
Como se puede observar, la banda sonora permanece, hasta cierto punto, en un segundo plano y no destaca por encima de la imagen o del propio argumento. La obra se nutre, sobre todo, de música diegética, incluyendo en ésta los propios diálogos, que le otorga más realismo y no interrumpe de manera brusca el avance de la trama. Aún así, el director matiza algunas escenas con sonidos que ayudan a situar al espectador en la acción concreta.
Es cierto que al propio Buñuel le hubiera gustado que esta película se desarrollara en otro país como por ejemplo Inglaterra o Francia ya que la burguesía de éstos posee características más apropiadas. No por ello, la labor de los actores mexicanos queda descalificada ya que se puede considerar adecuada y profesional.
Quizá no se pueda sacar una interpretación clara y precisa de este largometraje. O quizá el “problema” es que se pueden sacar muchas. Ahí radica, de alguna manera, el paralelismo con el hombre, la lógica de su actuación y los sentimientos que se crean, o sencillamente afloran, ante una serie de adversidades irracionales.
La ignorancia, tanto del espectador como de los propios protagonistas ante esa fuerza superior que les impide salir, crea ese tono enigmático y a la vez incoherente que sirve de vía para reflexionar acerca de las reacciones humanas, de la existencia de la verdad o simplemente de la vida misma que continuamente está teñida de interrogantes y despropósitos. Cuestiones que marcan la vida diaria como la falta de comunicación, la desconfianza o el individualismo determinan el desarrollo de la acción en la película.

“Aprovecho la ocasión para afirmar una vez más que nunca juzgué vanguardistas a mis films. No tuvieron de común con la llamada vanguardia ni la forma ni el fondo”, dijo en una ocasión Luis Buñuel[1]. Sin embargo, en sus películas se aprecia ese deseo de enfrentarse, o simplemente oponerse, al cine considerado “oficial” de la época, a imponerse ante la causalidad que imperaba en éstos, rompiendo la narración formal y tradicional propia de sus cánones. Por lo tanto, queriendo o sin querer, crea un cine hasta cierto punto abstracto que pone en duda los límites institucionales de la narratividad fílmica de las obras de su tiempo.
Buñuel presenta a los personajes poco a poco, dota a cada uno de ellos con una personalidad que va desde lo, más o menos, correcto hasta los comportamientos más desagradables como pueden ser la ira, venganza, falsedad e, incluso, ansias de matar. Se produce, así, una exploración de los sentimientos y emociones más reprimidas que se encuentran en la subconsciencia y que se extreman debido a la incomunicación entre los participantes. Al fin y al cabo, éste puede considerarse uno de los grandes problemas de la sociedad en general del pasado y del presente: la falta de comunicación.
Muchos son los que se han atrevido a determinar la simbología de la película. Sin embargo, lo que predomina en el film son los numerosos mensajes significantes que el autor deja completamente abiertos y que, por esta misma razón, se convierten en mensajes dispuestos a las más variadas interpretaciones.
Así, encontramos, entre otras, la lectura política en la que se aprecia una crítica hacia la burguesía con ese vaticinio negativo ante su estructura abocada al desmoronamiento; la lectura social que se sustenta en, precisamente, las relaciones sociales que se van degradando por la irracionalidad de la situación; o la religiosa que se encaminaría más hacia la aparición simbólica y, en un principio, ilógica y surrealista de animales como por ejemplo las ovejas.
Gracias a esa búsqueda de la esencialidad visual propia de las vanguardias, el director logra transmitir, con unos aparentes simples elementos, la agonía, el agobio, la desesperación y la impotencia de los intérpretes. A través de la progresión de los protagonistas, consigue que nos podamos sentir identificados con los personajes, que vivamos lo que ellos viven, que sintamos la ansiedad que ellos sienten y que, a la vez que vemos la película, busquemos soluciones para esa situación de la misma manera que ellos lo hacen. Pero la solución la ofrece el propio Buñuel con un final que, además de sorprendente, no deja de ser magistral.
Nos encontramos ante una película propiamente surrealista que cuestiona la racionalidad que se le presupone a la realidad. Tras el visionado de ésta, es inevitable preguntarse hasta qué punto la ficción supera a la realidad, o viceversa. ¿Qué hay de verdad en la actuación de los personajes? ¿Hasta dónde sería uno capaz de llegar ante unos hechos novedosos que sobrepasan los límites de nuestro entendimiento? Un filme en el que hallamos una crítica a la sociedad en general y al ser humano en particular.
Una obra que no sólo hay que ver, sino que también hay que intentar obtener una interpretación para extrapolar su mensaje al día a día ya que, aunque excéntrica, contiene aspectos más auténticos y útiles que cualquier documental.
[1] Luis Buñuel en Nuestro Cinema, febrero, 1935
El mítico tema del viaje en el ascensor con el vecino del cuarto para combatir los silencios incómodos ha cambiado. La, ya romántica, conversación sobre el tiempo se ha hecho a un lado para dar paso a la temida, peligrosa, vil y ruin… ¡crisis económica!
Es peor, incluso, que el cambio climático, el hambre en el mundo o la extinción del camello de Bactrian. Pero, ¿realmente es tan grave? ¿Acaso los niños han tenido menos regalos estas navidades o la gente sale menos de juerga?
Muchos han optado por el “con dinero o sin dinero, hago siempre lo que quiero” a lo largo de su vida y ahora se dan cuenta de que ya no son los reyes.
Los datos del paro no engañan. O no engañan hasta cierto punto. Y, por supuesto, como profesión reconocida que es, el periodismo no se ha librado. Se calculan miles de despidos en este ámbito debido a la crisis. Por no hablar de los recién licenciados que, directamente, deberán (o deberemos) recoger sus títulos en la cola del INEM. Para ahorrar tiempo vaya…
Algo que ilustra de manera muy clara esta situación es, por ejemplo, el cierre del diario gratuito Metro. El 31 de enero de 2009 cerró sus redacciones tras haberlo avisado con anterioridad desde la web del grupo sueco que opera en diversas ciudades del globo.
Y es que la autofinanciación a través de la publicidad siempre ha sido algo arriesgado y algunas empresas lo están comprobando ahora. Así que Madrid, Barcelona, Sevilla, Zaragoza, Alicante, Valencia y A Coruña, ciudades españolas en las que operaba, dejaron de encontrar este diario tras ocho años de actividad habiéndose convertido en el quinto periódico más leído con la cifra de 1′8 millones de lectores.
Pero no sólo los medios de comunicación impresos se han visto afectados, sino que audiovisuales como la cadena Localia también anunciaron su cierre a finales del año pasado.
Cierres, despidos e incertidumbre es lo que predomina la actualidad en nuestro país respecto a este tema. Por el momento, sólo queda esperar a ver cómo evoluciona la situación. Ya lo dice la canción: “Qué será será…”